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SOCIODISTOPÍA EN ESCARLATA

  • hace 1 día
  • 3 min de lectura

✍️ Anet García


Cuando Nelsito se fue a dormir esa noche encharcado en sudor y sacando cuentas de lo que costaban el Ecoflow y los paneles solares, no esperaba cumplir el sueño de su vida, o al menos de los últimos cinco años: la beca. De la emoción no sabía si reír o llorar. Para un profesional con una maestría en desarrollo social es muy duro terminar haciendo pizzas de día y guardias de noche en cuartos de alquiler, mientras juega a ser profesor universitario los sábados por el importe de un cartón de huevos.


Logró al fin su objetivo, lejos de la isla todo fue luz, pasaron años. Había que trabajar pero también se podía comer bien, y pasear. Investigó, obtuvo el doctorado, se labró un nombre en la academia, se mudó de Europa a los Estados Unidos, casi se olvidó de Cuba después de sacar a toda su familia. Al sur de su felicidad ocurrieron más desastres, huracanes, terremotos y tsunamis.


En la madurez lo invitaron a participar de una expedición como especialista en comunidades de supervivencia, y regresó al Caribe.


Aterrizó en la aldea ruinosa de Cartago, en Islas Fieles, un archipiélago del sur gobernado por un triunvirato donde cada uno de los mandatarios representaba a una de las islas grandes. Acostumbrado al catalán, al francés y al inglés, cuando escuchó la jerga que balbuceaban los nativos que los recibieron, le pareció incomprensible. Lo peor era que sus colegas lo miraban con los ojos muy abiertos y le hacían señas para que tradujera, pero él no podía. Fue una tortura: quería entender y hablar, y no podía.


¿Su objeto de estudio era aquel puñado de gente descalza, mal vestida, hambrienta y de habla ininteligible que los rodeaba y los miraba con asombro?


Entonces llegó el gobernante de la isla, quien tuvo la deferencia de ir a recibirlos. Parecía bastante mayor y más pequeño que el resto de sus coterráneos. Nelson esperaba que al menos este, por ser cacique, trajera un intérprete y no solo una yegua coja, un penacho rojinegro y una capa verde. Pensó: "eso de conservar las tradiciones y las lenguas es una riqueza para la humanidad, pero en la práctica hay que salir del círculo vicioso de 'lo mío es lo único que vale' y estar abiertos a comunicarnos con el otro".


El mandatario, con la cabeza hundida sobre el pecho, saludó a todos. Luego su escolta lo bajó de la yegua para que entonara su discurso improvisado. Y ¡oh, sorpresa!, el hombre hablaba español.


—Bienvenidos sean todos, queridos hermanos del norte, profesionales, investigadores, amantes de la cultura que resiste en estas islas Fieles a pesar del cataclismo del año 2039, de la subida del nivel del mar, las plagas, las dificultades. A pesar del sistema opresor capitalista, del bloque... no, eso no...


Cuando el hombre pequeño dijo aquello último a Nelson se le heló la sangre. Sintió una punzada en el estómago. La retórica le era familiar. Entonces volvieron a él recuerdos muy dolorosos de reuniones inútiles, proyectos engavetados, comentarios con problemas ideológicos, oscuridad, ira y hambre que hacía tiempo había logrado suprimir para salir adelante. El cacique continuó.


—Que su estancia en estas islas sea provechosa para todos y le demostremos al mundo con esta investigación académica que sí se puede resistir y vencer. Los habitantes de Continuidad, también conocida antes como Oriente, les damos la bienvenida de corazón en nombre de todos los fidelinos, los de Pinar en 26, Victoria de Guamuhaya y del mío propio, e imploramos para ustedes la bendición de nuestro padre eterno, la roca fundante...


—Yu... Yu... —balbuceó Nelson—. ¿Yusuán? ¡Ahhh! ¡Ahhh!


Los gritos de Nelsito resonaron en toda la casa. Indira le dio un galletazo y lo sacudió.


—Cállate, coño, que le va a dar un infarto al viejo de al lado si piensa que están robando otra vez en el barrio.


Nelsito sudaba y lloraba. Agitado repetía:


—¡Yo no me quiero ir, coño no, eso no! ¡No quiero! Yo no me puedo ir y dejarle esto a esos buitres...


Le tomó más de treinta segundos acoplarse a la realidad. Su novia, cuando lo vio más calmado, dijo:


—Ya, era un sueño, bebé.


—¡No, pinga, Indira, no era un sueño! Las lágrimas le corrieron por las mejillas a la luz del móvil. Era una pesadilla, ¡una pesadilla! Lo peor que nos podría pasar.


*Este es un texto literario


📷 Ignacio Kappa Carter

 
 
 

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