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MIEDO

  • hace 6 horas
  • 3 min de lectura

✍️ Ámbar Ferrara


Las puertas de atrás no tienen reja, y eso me tiene mal la cabeza. Una vez quise reunir para enrejar, pero siempre había otro problema que resolver, y además mi barrio era tranquilo.


Soy precavida, aunque ahora rayo en la paranoia. Nací en un pueblo pequeño, donde todos los vecinos se conocían, las tardes eran para dormir la siesta, y las noches para hacer visitas o ver la novela. Mi madre antaño se vanagloriaba de haber cometido el terrible error de irse a trabajar y dejar la puerta sin seguro, para regresar luego y encontrar la casa intacta. Hoy eso es ciencia ficción.


Vivo en un estado de vigilia constante, pues con todo lo que uno sufre entre apagones, falta de agua y comida con precios desquiciados, se suma la inseguridad. A Marta, la de la esquina, le entraron la semana pasada y le robaron la bomba de agua; por suerte la hija está afuera y le puede mandar otra. A Juan, el del sancocho, un señor mayor que no se mete con nadie, unos enmascarados le robaron la bicicleta, su único sustento. No les importaron las canas ni la pobreza evidente del anciano.


Susana, la del negocio de comida, me cuenta que cada vez que su esposo sale a repartir en la moto se le hace un nudo en la garganta. Su mayor miedo es que lo asalten, y lo de menos es la moto; que lo pinchen o lo golpeen para quitársela. Maricela reza y no duerme cuando su hijo adolescente se va de fiesta, pues hace poco le robaron el celular a un muchachito en plena calle, a otro una cadena, y ahora entre niños cualquier riña acaba en sangre. Pero a lo que más le teme es al químico.


Miedo. Tengo miedo de que entren en mi casa y me roben lo poco que tengo, comprado con el sudor de mi trabajo y reuniendo quilo a quilo en medio de privaciones. Tengo miedo cuando veo pasar por el barrio gente que no conozco. Tengo miedo cuando me tocan la puerta para pedirme agua. Le tengo miedo hasta al de los mosquitos y al cobrador de la luz.


Cada vez que salgo lo cierro todo: pongo muebles delante de las puertas, clavos en las ventanas, guardo las toallas y hasta los palitos de tendedera, escondo el celular en el fondo de la cartera y siempre trato de que no me coja la noche. No es precaución, esto es supervivencia, la ley de la jungla, porque todos saben que las patrullas solo se mueven si alguien grita "¡Patria y vida!", pero si te pinchan para robarte cuatro pesos, te desangras.


Vivimos una espiral de violencia. Las calles se han llenado de la desesperación que viene con años de pobreza, olvido, campos enyerbados, centrales desmantelados, industrias oxidadas. El trabajo, dicen, ennoblece el alma humana. La miseria opaca la razón y nubla los sentidos. El pueblo sufre una destrucción comparable a una posguerra. Cuando el régimen falla, el pueblo empieza a tomar la justicia por sus manos.


Miedo, que viene de la inseguridad, de la noche oscura, de la falta de cobertura ante una emergencia, de contar el dinero con angustia, de que no se cargue el ventilador, de que se vacíe el tanque, de hablar alto cuando uno quiere.


Es de noche, hay apagón y las puertas de atrás están abiertas para que entre fresco. A lo lejos siento un repique. Tomo el caldero y el cucharón. El tañido es terapéutico: me hace olvidar el temor. Más alto, más rápido, eso los pone nerviosos. Si yo tengo miedo, ellos también.


📷 Anet García

 
 
 

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