CONTINÚA LA CENSURA

✍️ Sherezade Quiroga
En Cuba, la docencia ha sido un espacio de censura y vigilancia, donde el mérito profesional se sustituye por la obediencia política. El caso de la profesora Natacha de la Torre lo evidencia: la libertad de expresión es un derecho ficticio.
El 9 de septiembre, Natacha de la Torre fue apartada de la Academia San Alejandro tras publicar críticas al régimen y a las condiciones de vida en la isla. Su carta, difundida en redes sociales, no fue un reclamo de empatía al ministro de Cultura, Alpidio Alonso, sino una denuncia directa: en Cuba, los centros de trabajo se administran como feudos personales y no como instituciones públicas. Una profesora con años de servicio lo cuenta, y muestra cómo la censura se infiltra en la educación y convierte a los docentes en piezas descartables cuando se atreven a disentir.
Yo misma viví una situación semejante en el politécnico José Gregorio Martínez de Cienfuegos, donde el subdirector solía entrar a mis redes sociales para reprocharme por el contenido ideológico de mis publicaciones. No me expulsaron, pero decidí dejar la docencia. Esa vigilancia constante, esa intromisión en la vida privada, la presencié directamente, y me permitió comprender que la libertad de expresión no es más que un relato de ficción. La diferencia con Natacha es que ella fue apartada de manera explícita, castigada por no integrarse al pacto del silencio.
Las condiciones materiales que describe Natacha son también parte de mi experiencia: salarios que no alcanzan para cubrir necesidades básicas, jornadas de trabajo interrumpidas por la falta de agua o electricidad, y la dependencia de familiares emigrados para sostener la vida cotidiana. He tenido que elegir entre abastecer mi casa o acudir al trabajo. El mérito profesional se mide no por la capacidad de enseñar, sino por la posibilidad de sobrevivir gracias a remesas.
La carta de Natacha también recuerda cómo se le negó un local para ejercer de psicopedagoga, obligándola a trabajar en pasillos durante años. Esa situación, que ella soportó sin queja, muestra que la precariedad no es producto del embargo, sino de la desidia institucional. Yo observé lo mismo en mi centro: aulas improvisadas, recursos inexistentes y la exigencia de continuar como si nada. La dictadura roba a sus trabajadores no solo con salarios miserables, sino con la negación de condiciones mínimas para ejercer su labor.
La docencia se ha convertido en un espacio de resistencia. Quienes enseñamos lo hacemos por vocación, no por retribución. Pero cuando la censura se impone y la vigilancia sustituye al mérito, la educación se vacía de sentido. El caso de Natacha es una advertencia: sin libertad de pensamiento, sin respeto a la dignidad del trabajo, la escuela se convierte en un escenario de silencio. Y Cuba, en un país donde se enseña a callar.
📷 Lispector del Risco




Comentarios