AGUA QUE NO HAS DE BEBER...

✍️ Anet García
Al borde de la carretera habían muchos tanques, me pareció raro. En la terminal de El Lido, Marianao, vi a una mujer sacar un billete de 100 pesos para comprar agua fría en un pomito de 250 ml; todavía hace calor, la gente tiene sed y paga por calmarla. No me quedé a averiguar cuánto costaba realmente el pomito, seguí camino. Luego, al adentrarme en la ciudad y en Centro Habana en particular, me topé con triciclos y chivichanas cargados de tanques de agua.
Liliana y su esposo, por ejemplo, viven en un tercer piso cerca de la calle Monte; entre ambas jubilaciones suman unos 7 000 pesos, pero luego tienen que pagar 100 por cada cubeta de agua que les suben. El hijo que los ayudaba desde el exterior está sin trabajo y las remesas han disminuido. Si pagan tanto por el agua, ¿qué les queda luego para comer?
En el Cerro, Santa también la compra. Cuando el hombre se parquea con los tanques llenos, me deja con la palabra en la boca y se dispone a mover los muebles para el trasiego del líquido vital. No muy lejos de allí, en el parque de La Normal, hay una tubería rota detrás de la parada; he visto gente que va con sus tanquecitos de cinco litros, los llena y así resuelve.
Otros, ancianos incluidos, lo mismo en el Cerro que en Diez de Octubre, caminan una cuadra o más para poder coger agua en cubos, y luego los llevan calle y escaleras arriba. Cuando mandan una pipa a un barrio después de múltiples quejas y escándalos, y la pipa se va en dos viviendas multifamiliares o un solo edificio, los bateos que se forman son tremendos.
Podría pensarse que eso se ve solo en los municipios más poblados de la capital, pero no. En el Vedado también me he topado con personas que cargan cubetas o arrastran carritos con tanques una buena distancia.
El problema del agua en La Habana es histórico: una urbe que creció más rápido que su infraestructura para asegurar el abasto del líquido a la población. Supervielle, alcalde de la ciudad en la década de 1940, se suicidó después de ser abucheado por los habaneros que le pedían agua; prefirió la muerte antes que vivir con la vergüenza por la promesa incumplida. Y la promesa fue heredada por otras generaciones de dirigentes; la vergüenza, no tanto.
En las condiciones actuales cada día se hace más difícil abastecerse de agua en la capital. Ya no se trata de que en un barrio o municipio determinado tengan dificultades con el bombeo; hoy en algunos sitios simplemente no hay agua durante días que parecen interminables, y cuando la ponen, si no hay electricidad, no llega a los pisos superiores de las viviendas y edificios.
Cuando día tras día tienes que perseguir hasta el agua y velar —machete en mano— los tanques elevados vacíos para que no te los roben, ¿qué tiempo y energías te quedan para pensar en otra cosa que no sea desconectar —ya sea con dominó, sexo, novelas turcas o el químico—? ¿Puede el ciudadano común dedicarse a reflexionar sobre política y derechos cuando lo básico no está resuelto y toca bañarse con medio cubito de agua?
📷 Anet García




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