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ORGULLO DE SER CAMAGÜEYANO

  • hace 21 horas
  • 2 min de lectura

✍️ Pedro Armando Junco


El San Juan que acaba de finalizar ha llenado las redes sociales de comentarios ofensivos y generalizadores sobre el pueblo camagüeyano. Y ese alud de frases difamatorias, por mucho que pueda resultar censurable la actitud de quienes asistieron a las fiestas organizadas por el régimen, termina involucrando a todos los agramontinos.


Es cierto que el régimen montó estos festejos con un propósito evidente: acallar la voz pública y evitar que se dijera que por primera vez se suspendía en Camagüey una fiesta de tradición centenaria debido a la hambruna, la miseria, la desesperación y el caos que vive cada habitante de esta ciudad. Pero una cosa es criticar la manipulación política del carnaval y otra muy distinta ofender por igual a toda una ciudad.


De ahí a manifestar sentir vergüenza por ser camagüeyano hay un trecho enorme. Esa es una ofensa tan abarcadora que involucra a todos por igual, incluyendo a la memoria de los grandes hombres y mujeres de nuestra historia.


El carnaval recién concluido, montado por el régimen para simular normalidad de cara al exterior, ha sido un fracaso: solo un ínfimo por ciento de la población asistió, y fueron más las voces de rechazo que los aplausos.


Años atrás, bajo la misma dictadura, muchos asistían a estos festejos buscando un alivio pasajero al agotamiento cotidiano. Lo que el régimen ofrecía entonces como válvula de escape era ya parte del mismo mecanismo de control. Hoy, con el país sumido en una crisis sin precedentes, ni siquiera ese espejismo sostiene la farsa. La gente se muere de hambre en la calle, camina como zombi, pide limosnas en los sitios más concurridos; hay quienes no tienen ni agua para beber en sus casas; la carencia de medicamentos es total pues las farmacias permanecen vacías. A las bodegas hace meses que no llega nada, ni siquiera el pedacito de pan diario con que muchos hambrientos sobrevivían. Y como punto culminante, los apagones interminables que paralizan el diario vivir de todos los hogares: la cocina, la ventilación en esta tremenda época de estío, la luz al caer la noche.


Este conglomerado de miseria es más que suficiente para que mantengamos un comportamiento de rechazo ante todo proyecto que nos inmiscuya como cómplices. Pero les queda el derecho y la libertad de escoger entre lo moralmente correcto, que sería no asistir a los festejos y obviar su existencia, como hicimos la mayoría de los camagüeyanos, o dejarnos rabiatar como mansa piara en busca de un bálsamo para olvidar la miseria.


Lo que sí es obligatorio aclarar a quienes nos han echado al mismo saco de los mansos es que los que no asistimos a ese teatro sostenemos el orgullo de ser camagüeyanos.


📷 Ignacio Kappa Carter

 
 
 

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