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MUJERES AL BORDE DE UN ATAQUE DE NERVIOS

  • hace 36 minutos
  • 2 min de lectura

✍️ Anet García


Yadira duerme en el patio las noches de apagón. El ventilador recargable es para la niña. Su marido tiene dos trabajos que demandan esfuerzo físico y cae como una piedra. Yadira se queja de agotamiento mental. Para colmo, últimamente no se le quita el catarro. El aroma que trae la madrugada es de basura quemada, y su lucha para encender el carbón puede durar hasta una hora. La doctora le advirtió que se cuide, que de un tiempo a esta fecha han aumentado las afecciones respiratorias y los medicamentos están muy caros. Esta semana Yadira recibirá una brigada internacionalista en su trabajo y teme no poder contener las muecas de desprecio ante los comentarios prosistema de los socialistas extranjeros.


El único hijo de Maricela se fue hace cinco años. En el capitalismo ahorró para renovar los electrodomésticos de la casa y que su madre estuviera cómoda: refrigerador, freezer, microondas, lavadora automática, split, bomba de agua, arrocera, reina, hornilla infrarroja, ventilador, hasta una moto eléctrica le compró. Pero no es suficiente. Ella ahora solo tiene tres horas de electricidad por cuarenta de apagón. ¿Tendrá él también que pagar por un inversor y paneles para que no se pudra la comida que le manda?


Por otro lado, está el caso de Emilia, que ya con los paneles se libró del problema de la electricidad, pero tiene una madre encamada con operación reciente de cadera. Los días de hospital fueron terribles. De vuelta a su comunidad rural descubrió que en su barrio ya no entra el agua. Debe salir con un carrito a buscarla y repetir la operación varias veces al día, aunque a su madre anciana y adolorida no le guste quedarse sola. Dice que se está volviendo loca.


Mailín es cocinera en un asilo administrado por la Iglesia Católica. Las monjas cada vez pasan más trabajo para conseguir comida para las abuelitas. Los paneles no dan para alimentar la nevera, solo la enfermería, y no hay combustible para encender la planta todos los días. La cocina es un volcán. Mailín duerme en un charco de sudor, sobre una colchoneta en el suelo. Todas las mañanas se maquilla para disimular las ojeras y el disgusto.


Hace quince años, cuando Lucrecia empezó a trabajar en cuartos de alquiler, aquello parecía un negocio próspero y sostenible. Hoy saca cuentas: la mayoría de sus clientes emigraron, la afluencia disminuyó con el alza de los precios, y ahora sin combustible, sin electricidad y sin agua no va nadie a los cuartos. Pero desde hace días su peor pesadilla no es la depauperación de su medio de vida, sino el calor sofocante de su casa y la sed intensa. Yo, que algo sé de diabetes, me preocupé y pregunté:


—¿Qué estás haciendo para refrigerar la insulina?


—Nada. Nunca hay corriente. La tengo afuera.


—Ponla en una vasija de barro, en el rincón más fresco de la casa, para que no se te eche a perder.


📷 Anet García

 
 
 
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