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OBSESIÓN: EL ROMANCE DEL CONTROL

hace 11 minutos
3 min de lectura

✍️ Alejandra García


Mientras veía Obsesión, segundo largometraje del popular youtuber Curry Barker y estrenada este año, pensaba en todas las chicas que alguna vez pudieron decir "eso me pasó a mí" y nadie las escuchó. La película todavía no había gastado ni un litro de sangre falsa y yo ya estaba pensando que el "no puedo vivir sin ti" de las canciones y los culebrones de Hollywood suena bastante distinto cuando lo dice un acosador antes de una orden de restricción.


La historia, sin rodeos: Bear (Michael Johnston) ama a Nikki (Inde Navarrete), ella no lo ama a él y, en lugar de aceptarlo, recurre a una ramita mágica para conseguir que lo quiera. El universo, como es de retorcido, cumple. Nikki empieza a necesitarlo, a vigilarlo, a querer estar con él todo el tiempo.


En ese momento fue donde yo empecé a desconfiar de Bear. Porque sí, Nikki se convierte en una pesadilla, pero él tampoco es precisamente una víctima inocente. Deja que el hechizo haga el trabajo que él no consiguió hacer por sí mismo. No la conquistó, logró que ella no tuviese la posibilidad de decirle que no.


A partir de ahí, alerta de spoiler. Hay una escena que para mí cambia todo. En la fiesta de Ian, Nikki recupera por un instante la conciencia, se abre la cara a botellazos y grita: "no soy yo". Mientras los demás ven a una mujer fuera de control, yo estaba viendo a una mujer pidiendo auxilio, que además Barker caricaturiza. Aquí en Cuba eso se archiva como cosas de pareja, hasta que sale en una nota del Observatorio de Género Alas Tensas contabilizando el feminicidio número 51.


Eso es lo mejor de Obsesión y también su mayor fallo. Porque el filme entiende que detrás del monstruo hay una mujer a la que le quitaron la posibilidad de decidir, pero durante buena parte de la historia sigue mirando desde el lugar de Bear. Desde ese hombre que la desea, que quiere que sea suya y que tarda demasiado en preguntarse qué demonios le hizo.


De hecho, lo que más me inquietó no fue ver a Nikki convertirse en monstruo. Fue escuchar a Bear querer que ella actuase como Nikki. Como si incluso después de destruirla siguiera esperando que interpretara el personaje que él había imaginado.


Luego llega el gore y con muchas ganas. Obsesión empieza como un thriller de terror bastante incómodo y termina convertida en una fiesta de vísceras. A mí ese cambio de tono me sacó varias veces de la película. Barker sabe filmar y tiene buenas ideas visuales, pero el guion deja algunas de ellas a medio camino y el último tramo se estira más de lo necesario.


También están los homenajes. Citar al canon no es delito, y algunas de esas escenas funcionan muy bien. Pero yo veía El exorcista y Split asomándose a cada rato. Cuando una cinta necesita que reconozcas el plano para que el susto funcione, deja de sentirse auténtica.


Eso resume un poco mi problema con Obsesión. Barker tiene clarísimo de dónde viene el horror, pero no siempre parece tener claro a quién quiere mirar. Bear es quien convierte el deseo en posesión y la película termina dedicándole buena parte de su atención. Nikki es quien pierde el control de su propio cuerpo y es ella al final la que acaba convertida en el espectáculo.


Hubiese preferido que Obsesión se quedara un poco más con ella. Con esa Nikki que aparece por segundos, entiende lo que le está pasando y pide que alguien la ayude. En cambio, la película vuelve una y otra vez a Bear, a lo que siente, a lo que quiere, a lo que hizo.


Y ahí es donde siento que Barker pierde el hilo. Porque tenía un filme mucho más incómodo entre las manos y decidió mirar hacia otro lado.


📷 Fotograma del filme Obsesión (2025) | Web | Fotogramas

 
 
 

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