LOS TRENES Y LOS TIEMPOS: EXPERIENCIAS CUBANAS
- hace 3 días
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Actualizado: hace 8 horas

✍️ Lien Estrada
Me gusta viajar en tren, aunque en Cuba pueda ser un calvario. Si no recuerdo mal, había un chiste que decía: "el tren llegó puntual, con tan solo 24 horas de atraso". Un viaje de 12 horas podía alargarse a 24, y hasta 72. No había tren que se librara de las roturas: ni el de Santiago, ni el de Guantánamo. Holguín no tuvo tren por mucho tiempo.
Ahora decidí ir a Camagüey en uno. Me alegró que hubiera agua en el baño, aunque no para beber. Digo mal: sí había agua, pero el equipo que la conservaba fría no funcionaba; había que ir al otro vagón. Muchos asientos rotos, y los ventiladores no se sentían. Los vagones con aire acondicionado eran los que llegaban hasta La Habana; yo solo iba hasta Camagüey.
La merienda, que pensé sería repartida sobre las 4:00 p.m., fue entregada cerca de las 6:00 p.m. Le comenté a mi compañera de viaje que ya eso contaba como comida, porque la hora de la merienda había pasado. Ella me respondió que así era, y que habíamos tenido suerte, porque en nuestro pan había dos perros calientes, cuando lo normal era que tuviera solo uno.
Pero lo que me llamó la atención fueron los vasos que repartieron para el refresco. Eran más grandes que los plásticos transparentes de siempre, y parecían de papel resistente. Los sosteníamos firmes mientras esperábamos a que la ferromoza sirviera el refresco desde el pomo grande. Pero no lo vertía directamente en nuestro vaso: primero lo echaba en uno de los vasitos plásticos de siempre, y de ahí al nuestro. Una operación minuciosa, como si cada gota debiera ser medida.
Recuerdo una historia que me contó una amiga de Cárdenas, Matanzas, cuando fue a un curso en Brasil. En el salón, en una esquina, estaba la merienda. Ella se había tomado su vaso de refresco y quería más. Le preguntó a una asistente si podía servirse otro poco. La otra alumna sonrió y le respondió: "Te puedes servir todo el que quieras; si quieres, coges un pomo y lo abres para ti sola". Mi amiga me lo contaba riéndose, y yo seguro que puse cara de asombro.
Mucho después me tocó palpar esa realidad en Europa, donde podías servirte todo lo que quisieras sin que nadie vigilara, sin que contaran obsesivamente para que a nadie se le ocurriera repetir, porque alguien podía quedarse sin comer. El bochorno de atreverse a tomar otro pan, en Cuba. Y las ganas que se nos quedan, porque más de una vez nos gustaría darnos otro buchito de refresco cola o de naranja, o un sorbo de café fuerte y caliente.
Y es que no nos salvamos del racionamiento, en este país de perpetua crisis. Por el estado todo está más que contado. No se deja de contar, porque la demanda es mucha y la oferta, escasísima.
Me pregunto si podré llegar a ver otra etapa que no sea esta en mi país. Ya no soy una adolescente, ni estoy en mi primera juventud, y esto de las carencias constantes pasa de triste y lamentable a francamente trágico. Tengo amistades con opiniones diversas. Unos dicen que sí llegará ese otro momento; otras, que qué va, que nacimos y nos moriremos así: es la maldición que nos tocó.
En lo particular, para ganar en paz y esperanza —esas que tanto nos ayudan a vivir—, quiero pensar que sí, que otros tiempos mejores han de llegar y que yo los voy a ver.
📷 Lien Estrada




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