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LORCA ERA UN DISIDENTE

18 ago
2 min de lectura

✍️ Alejandra García


Hace noventa años le metieron una bala en la boca al hombre que más había cantado a Andalucía. A Federico García Lorca no lo mataron por escribir sobre la luna: lo mataron porque la dictadura entendió, antes que cualquier crítico literario, que un verso es una amenaza directa al poder.


Noventa años después seguimos condecorando símbolos muertos mientras ignoramos a los vivos que hacen exactamente lo mismo que él hacía. En Cuba ya no hace falta un pelotón de fusilamiento en una cuneta. Existen dos formas más limpias de hacerlo: hay un rapero encerrado por cantar, un poeta con expediente abierto por un verso, una actriz con visita de la Seguridad del Estado por opinar en Facebook. Y hay otra forma, la que no mancha las fotos oficiales: el pasaporte, el aeropuerto, el no regreses. La cárcel silencia al que se queda. El exilio borra al que se va. Son el mismo fusil.


Es cómodo llorar a Lorca. Es gratis, es estético, cabe en una calavera de gitana pintada en una camiseta. Lo incómodo es reconocer que el mecanismo sigue funcionando perfecto: al que incomoda se le encierra, al que insiste se le expulsa, al que nombra lo innombrable se le hace desaparecer de un modo u otro. Antes era una fosa en el Barranco de Víznar. Ahora es una celda en Villa Marista o un cuarto de alquiler en Madrid donde el artista sigue vivo pero ya no puede volver a cantarle a su isla desde dentro.


La disidencia cubana no necesita que la maten para que sepamos que la están matando. Cada artista preso es un Lorca al que todavía no le han disparado. Cada artista exiliado es un Lorca al que le perdonaron el cuerpo para poder borrarle la voz con más calma.


No hizo falta un pelotón de fusilamiento. Bastó con una celda, una maleta y el mundo mirando para otro lado.


"(...) Donde joven y desnuda, la imaginación se quema (...)".


📷 Retrato de Federico García Lorca | Instagram | El Rinconcillo de Lorca

 
 
 

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