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LAS AURAS SOBREVUELAN MI CIUDAD

  • hace 6 horas
  • 3 min de lectura

✍️ Eloísa García


Hace unos días pasé junto a un basurero. Entre los desperdicios había restos de animales muertos y sobre ellos descendían auras, disputándose la carne descompuesta. Otras giraban en círculos sobre el barrio, pacientes, esperando su turno.


No me dejaban continuar mi camino. Durante unos segundos las observé y tomé una foto con la absoluta certeza de que aves carroñeras de otra índole sobrevuelan mi ciudad.


Camagüey ya no es como la recuerdo. Siempre han existido asaltos y robos en Cuba —en cualquier lugar del mundo existen—, pero la violencia aquí ha escalado hasta instalarse en nuestra cotidianidad de la misma manera que llegaron los apagones, la escasez y la desesperanza, y convertirse en parte irrefutable del día a día.


Antes pensábamos que el peligro estaba solo en la oscuridad. Ahora sabemos que puede alcanzarnos a plena luz del día y en cualquier lugar.


He visto denuncias en redes con fotos de ancianos golpeados durante un asalto. Historias de mujeres víctimas de agresiones y violaciones. Personas que terminan heridas por defender una bicicleta, un teléfono o una cadena. Padres que dejan su medio de transporte unos minutos frente a una escuela para recoger a sus hijos y, cuando regresan, ya no está. Vecinos que cuentan cómo alguien intentó entrar a su casa saltando desde el techo de la vivienda contigua.


Y lo más inquietante es constatar cómo empezamos a acostumbrarnos. Como si el miedo fuera una condición inevitable de vivir en Cuba. Como si la violencia fuera otra consecuencia más de la crisis que debemos aceptar en silencio.


Recientemente circuló en redes sociales un video grabado por una cámara de seguridad. Un custodio permanece sentado frente al lugar que protege. Un joven se le acerca. Luego aparece otro. Después, un tercero. Lo rodean. Lo arrinconan. Uno lleva un arma blanca en la mano.


Entonces se escucha una frase: "Por favor, no me pinches. Por favor, no me mates".


La miseria nos hunde, y la respuesta no siempre llega de donde debería. Circulan imágenes que retratan el momento que vivimos: presuntos ladrones atados a una cerca, amarrados con cables o sogas por vecinos que decidieron hacer justicia por su cuenta. ¿Es eso justicia? No. Pero tampoco es casualidad. Es la respuesta desesperada de una sociedad que ya no cree en quienes supuestamente deben protegerla.


Y ahí aparece la contradicción más dolorosa.


Porque cuando hay una protesta, un cacerolazo, una madre exigiendo comida o medicamentos para sus hijos frente al gobierno o en una arteria principal, aparecen las patrullas, las motos, los operativos, agentes suficientes para llenar una calle.


Cuando un periodista denuncia. Cuando un activista habla. Cuando un ciudadano decide perder el miedo. Entonces sí hay recursos, sí hay combustible. Entonces sí hay vigilancia.


Pero los ancianos siguen siendo asaltados. Las mujeres siguen caminando con miedo. Las familias siguen protegiéndose. Y la violencia sigue creciendo.


Cuba se está convirtiendo en un lugar demasiado duro para demasiada gente. Un lugar donde el hambre, la oscuridad, la incertidumbre y la desesperación parecen empujar en la misma dirección. No digo que la miseria justifique a quien roba, golpea o mata. Nada puede justificar eso. Pero tampoco podemos ignorar que una sociedad rota termina produciendo heridas por todas partes.


Mientras tanto, las auras siguen sobrevolando el basurero. Las vemos cada vez que salimos a la calle, devorando la podredumbre. Auras de todo tipo. Y no todas tienen alas.


📷 Eloísa García

 
 
 

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