LA NORMALIZACIÓN DE LA INDEFENSIÓN APRENDIDA

✍️ Barsine Sáinz
Lucía lleva cuarenta y seis horas sin electricidad en La Habana. Su refrigerador se ha convertido en un escaparate vacío, solo visitado por cucarachas. La nevera gotea. Allí guardaba las salchichas para los almuerzos de su hijo en la escuela, pero al revisarlas están en descomposición. Una vecina le sugiere que, si las hierve, sirven. Lucía tuvo que cargar agua para poder bañarse. La cisterna está llena, pero no se puede bombear a los tanques elevados.
Casi dos días en los que nadie a su alrededor tocó un caldero ni cerró una calle. Lucía es psicóloga y sabe que el ser humano aprende rápido la lección del abandono. Es el método que usan algunas culturas para enseñar a un niño a dormir solo: las primeras noches se deja al bebé en su cuna; llora al verse solo, nadie contesta. A los cuatro días se duerme sin llorar. ¿Aprendió a dormir solo? No. Aprendió que no importa si desfallece llorando, nadie acudirá. Deja de luchar. Se llama indefensión aprendida. No importa lo que hagas como reacción a un estímulo negativo, el resultado será igual. Así que dejas de esforzarte. Lucía se pregunta si el pueblo va rumbo a ese aprendizaje, o si ya llegó allí.
El régimen ha aplicado herramientas psicológicas sobre la población desde el principio. La más brillante fue normalizar lo indefendible. Todo se justificó en la causa común de la "revolución". Así, un día se prohibió salir del país libremente; había que pedir permiso. Al otro, quienes se iban ya no tenían derecho a llamarse hijos de su patria, eran escoria. Los homosexuales debían estar apartados de los cargos y reformarse en concentrados hoy olvidados. Los cristianos no podían ser miembros del partido. La lista que pasa por la mente de Lucía es interminable. El punto común: un pueblo que, sin cuestionar, obedeció.
Al cumplir las cuarenta y siete horas, Lucía decidió salir a su portal y tocar un caldero. Al menos el esfuerzo físico liberaría la rabia que estallaba dentro. Su niño se quedó mirando. La vecina se asomó y gritó preguntando que para qué.
El tiempo restante hasta llegar la electricidad lo ocupó el silencio.
📷 Lispector del Risco




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