EL SACRIFICIO DE LOS CORDEROS
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✍️ Mario Junkera
En 1990 llegaba yo a Camagüey graduado de la escuela nacional de arte; tenía 24 años; comenzaba mi experiencia teatral profesional. Lo primero fue la creación de un teatro independiente.
Proyectar un teatro clandestino fuera del circuito y el control institucional implicaba un desafío más allá de lo artístico: era una opción a la diferencia cultural y política. Mi casa era el teatro, o sea, un espacio de libertad sin control estatal.
De ese atrevimiento irreverente nació Teatro del Espacio Interior, nombre tomado de nuestro primer espectáculo. Hacer un teatro ríspido, punzante, contestatario, nacido de la pasión, la desesperación, el hambre y el sin salida imperante que provocaba aquel periodo especial de los 90, era la única opción hacia la diferencia y la rebeldía.
No pasó mucho tiempo para que el aparato represivo volteara el rostro hacia mis compañeros y yo. Aquellos empoderados sujetos dominantes, los agentes del G2 —todos iguales por demás, con nombres ficticios como Freddy, Orlando, José Antonio, Cristian, Jonathan, Kevin y otros—, nos han seguido durante toda una vida. Incluso, ya forman parte del folclore cotidiano de nuestro hacer creativo.
Aquellos primeros agentes de los 90 irrumpieron en nuestro grupo teatral, filmando nuestros ensayos y entrenamientos. Había sesiones impuestas con psicólogos. Tampoco faltaron las entrevistas, interrogatorios, amenazas y detenciones esporádicas.
Los agentes que vinieron después ampliaron los métodos: grafitis con ofensas en mi fachada, excremento en la puerta de la calle... Para nosotros, han sido 36 años de resistencia creativa literal, desde detenciones a mi persona dieciocho veces hasta hoy, con incitaciones a colaborar, amenazas de prisión, actas de advertencia e intenciones de hacer desaparecer nuestro teatro.
Una y otra vez, cada cierto tiempo, aparecen estos sicarios del pensamiento. Una y otra vez siguen los mismos protocolos fijados y aprendidos de manual.
Hoy día, jóvenes y no tan jóvenes como Luis Manuel Otero Alcántara, Maykel Osorbo, los chicos de El 4tico, Anna Bensi, los muchachos de Fuera de la Caja, Iris Mariño, Henry Constantin, Yoani Sánchez, Camila Acosta, Félix Navarro, las Damas de Blanco y todo aquel que levanta la voz desde la diferencia, viven esa experiencia, en ocasiones más violenta y oprobiosa que la nuestra, sean artistas, influencers o no.
El empecinamiento represivo contra aquellos que disienten o expresan su opinión no solo provoca repugnancia, sino que denigra la existencia misma de los valores humanos, los cuales son la simiente de la nación. Algo tan ingenuo como tocar un caldero, portar un cartel o expresar públicamente el descontento político es sentenciado con el castigo más feroz.
El hecho de saberse ejecutor del dominio absoluto sobre los seres humanos brinda un placer enfermizo de sentirse pleno de dominio, pero eso no es virtud: es arrogancia y maldad, es tentar zonas ocultas y personales de obscenidad y perversión. Pudiéramos ir al punto cuando éramos niños y adolescentes y de nuestra educación adoctrinada en las escuelas.
Hoy tildan de terroristas a aquellos que manchan estatuas martianas con sangre, o ponen grafitis contra del régimen, o carteles, performances subversivos y gritos desde la disidencia. Nos hablaban de antes de 1959 de lo heroico que era lanzar cadenas al tendido eléctrico o poner bombas en los cines. Nos dicen hoy que dar candela a edificios del PCC es terror pagado por entes extranjeros. Atacar un cuartel en 1956 era un acto heroico y emancipador. Hoy escupir ante un policía significa prisión.
Los discursos y la historia la narran los poderosos, la reconstruyen a su favor solo para obtener migajas de un poder mal habido, mal ejecutado.
La violencia engendra violencia. La miseria, miseria generalizada. El hambre de libertad engendra la necesidad de una acción punitiva urgente sobre la realidad actual.
Salvar una doctrina enorgullece a los fanáticos y oportunistas; salvar un país, a la gente de un país, hace grande e imperecedero a los ejecutores de esa acción. Permanecer indiferente ante la arrogancia de un régimen rígido e inefectivo, que funciona a través de la mediocridad de decisiones inoperantes e improvisaciones de corto plazo, demuestra la falta de lealtad operativa como Estado, la no certeza de medidas atinadas.
Se necesita de forma urgente exorcizar los demonios de Cuba como una república bananera. Un Estado fallido nace de confundir pobreza igualitaria con soberanía nacional, represión con tranquilidad ciudadana.
La vida es un tránsito en evolución: lo que fue una vez regresa crecido, dilatado. Los cubanos que hoy expresan su disidencia y descontento con el estado de cosas son herederos de la rebeldía de la generación del centenario, son irreverentes por naturaleza y circunstancia. Y disentir les pertenece por derecho.
Los divergentes de hoy quieren rehacer un país en ruinas, quieren ante todo una sociedad de derechos, vivir un futuro próspero, con inclusión, en el cual sus vidas tengan sentido, donde la palabra y la opinión tengan valor. Quieren un futuro lejos de la desidia y el desamparo.
El proceso iniciado en 1959 tuvo su origen en el agotamiento nacional por el deterioro social, la pobreza y la represión. Hoy el manifiesto La historia me absolverá tiene una vigencia tal que podríamos usarlo perfectamente como plataforma política.
Ahora, en medio del desastre político, económico y moral, es necesaria una nueva revolución. En primer lugar, deberá ser cerebral en cada cubano digno; en segundo lugar, debe ser física, operativa y radical. Oponerse a ello es precisamente negar aquellos preceptos marxistas que siempre ha sostenido la oficialidad, negando la dialéctica.
La nueva revolución vendrá y será inevitable, la fuerza de cambio y verdad habrán de imponerse. Ya estamos tan abajo, como pueblo, tan generalizado el descontento, que es imposible implosionar por separado.
Hay una verdad ineludible, que no peca de simpleza: tanto va el cántaro a la fuente, hasta que se rompe.
📷 Sol García Basulto




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