DIOSES ROTOS
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Alejandra García
Hoy, 13 de agosto, Cuba recuerda —o celebra, según el grado de fe— el centenario del nacimiento de Fidel Castro, uno de sus dioses modernos.
Vengo de una familia compleja, llena de matices. Una familia que alguna vez creyó en Castro, el hombre que se fue a la Sierra Maestra y «liberó» esta isla. Como tantas otras, mi familia creyó y veneró a ese dios. Después vino la decepción. Para unos, más rápida que para otros. Porque perder una ilusión duele. Descubrir que debajo del altar había un hombre puede doler todavía más.
Mi abuelo fue uno de esos creyentes. Un hombre que creyó de verdad en aquel dirigente, al que consideraba un genio capaz de construir un país nuevo. Lo defendió, lo admiró, probablemente imaginó que sus hijos y nietos vivirían en una Cuba distinta. Después tuvo que asistir, como tantos otros, a la lenta transformación de aquella promesa en un poder que no admitía preguntas, una revolución que terminó pareciéndose demasiado a una dictadura.
Quizás por eso las decepciones políticas se parecen tanto a las religiosas: primero se pierde la fe, después se cuestionan los milagros y, finalmente, alguien tiene que explicar por qué el paraíso se parece tanto al infierno.
Hay algo casi religioso en nuestra historia reciente. Tuvimos un profeta barbudo, una Sierra convertida en monte sagrado, discursos interminables como sermones, retratos como estampas, consignas como oraciones y herejes que podían ser expulsados de la comunidad de los fieles.
Yo nunca tuve vocación de feligresa. Nunca me interesó venerar a hombres ni confundirlos con la historia. Pero crecí viendo cómo ese dios se iba rompiendo dentro de mi propia familia.
Y mientras hoy algunos vuelven a encender velas alrededor del mito, Cuba llega a este 13 de agosto marcada por los apagones, la escasez, una historia de éxodos sucesivos y de personas exiliadas por pensar diferente, un miedo arraigado durante décadas, una durísima represión y una crisis que parece empeñada en discutirle a la propaganda cualquier versión luminosa del paraíso.
Los dioses políticos no son eternos. Sus altares se oxidan. Sus estatuas se agrietan. Y a veces, cuando cae el yeso, se revela lo que siempre hubo debajo.
Un hombre.
Y nosotros creyendo.
Imagen en deterioro de Fidel Castro | Web | 14 y Medio




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