CUBA SE QUEDA SIN HIJOS
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✍️ Eloísa García
“Yo no quiero que mi hijo termine de crecer pasando trabajo en este país”. “Yo no voy a traer un hijo a este sitio”. “Primero me voy y después pienso en tener familia”.
¿Quién no ha escuchado estas frases? En la cola para legalizar papeles, en la consulta de un hospital, en un mototaxi atravesando la ciudad, entre amigas que hablan bajito mientras sus hijos juegan en el parque.
No creo que esto nazca del rechazo a la maternidad; creo que nace del conocimiento de causa, de entender la realidad.
Porque en Cuba tener hijos dejó de sentirse como un proyecto de vida. Para demasiadas personas se convirtió en una ecuación de supervivencia.
Las cifras están ahí: Cuba tiene hoy una de las tasas de natalidad más bajas de América Latina y, en 2024, registró una de las cifras de nacimientos más bajas de su historia. La fecundidad ronda apenas un hijo por mujer, muy por debajo del reemplazo generacional. Pero las estadísticas difícilmente explican el vacío. Ese vacío se entiende en la calle, en el día a día.
Se entiende cuando una mujer vende su casa con todo dentro para emigrar antes de quedar embarazada. Cuando una pareja decide esperar a estar fuera para traer un hijo al mundo. Cuando alguien mira los apagones, la escasez, los hospitales sin medicamentos, la violencia creciente, el hambre, y se pregunta si traer una vida en estas condiciones es amor o condena.
¿Irse realmente salva? ¿Soluciona todo? ¿Algo?
La mayoría de los cubanos crecimos rodeados de gente. A veces por necesidad, por hacinamiento, porque varias generaciones terminan viviendo bajo el mismo techo. Pero también porque en Cuba la crianza rara vez ocurre en soledad. Aquí la maternidad ha sido colectiva: la abuela que cuida al niño mientras la madre trabaja, la vecina que opina aunque nadie le pregunte, la tía que sabe cómo bajarle la fiebre, la familia siempre cerca. Entonces migras.
Y sí, llegas a un país donde hay corriente, agua, medicamentos, transporte, supermercados llenos y hospitales limpios. Pero lloras después del parto porque tu madre no pudo abrazarte. Porque tu hijo aprenderá a decir “abuela” mirando una pantalla. Porque los cumpleaños se celebran por videollamada. Porque tus hijos quizás crezcan seguros, pero lejos de sus raíces.
Demasiados niños cubanos están creciendo viendo a sus abuelos a través de un teléfono. Y eso también es una forma de pobreza.
Cuba se está convirtiendo en un país donde cada vez más hijos nacen lejos de su tierra.
No romantizo: quedarse ni irse. Ambas cosas duelen, y la familia lo sabe. Quedarse puede significar criar a un hijo entre apagones, hambre y miedo. Irse puede significar arrancarlo de sus raíces.
Y quizás ahí esté una de las tragedias más grandes de Cuba: demasiadas mujeres dejaron de imaginar a sus hijos naciendo o creciendo en la isla.
📷 Juan Pablo Estrada




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