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LA SOMBRA QUE ES HOY MI PAÍS

  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

✍️ Eloísa García


—Se me parte el corazón de ver cómo está mi Cuba —me dice mi madre.


Tiene 73 años y todavía trabaja para un particular. Después de una vida entera de esfuerzo como profesional de la salud, después de haber dedicado años al cuidado de otros, recibe una cifra digital que se traduce en un cartón de huevos y un paquete de café del malo. Eso, después de que le descuenten el 20 % cuando paga por transferencia.


La observo iluminando los huevos con la linterna del celular para saber cuáles están buenos y cuáles no.


—Vivimos rodeados de churre. Todo está feo y roto —me dice.


Y entiendo esa sensación de vivir en un lugar que se cae a pedazos mientras quienes lo habitan apenas pueden dormir. Estoy hastiada de esos momentos en los que escucho a mi madre y no sé si llorar, responderle o quedarme en silencio. De momento, escojo el silencio.


—Debí hacer caso a tu padre cuando trajo todo para armar el bote. Debimos irnos, pero tú estabas tan pequeña —sigue contando mi madre con sus ojos clavados en mí.


Creo que todavía ve a aquella niña pequeña. Pero yo veo a mi madre, ahora, convertida en una señora mayor, llena de achaques, cargando sobre sus hombros los años, los miedos y las decisiones que tomó por amor. Me duele la tristeza en el rostro de mi madre.


Durante una etapa de mi vida la culpé por elegir quedarse. La culpé porque decía que lo había hecho por mí. La culpé por tener miedo. Con los años entendí que las decisiones de una madre nunca son sencillas. Que quedarse fue su manera de protegerme. Al final, marcharse también tiene sus propios abismos.


¿Qué familia no ha quedado marcada por el éxodo?


Ayer vi un fragmento de un documental sobre el remolcador 13 de Marzo. Una madre, como la mía, contaba lo que vivió aquel 13 de julio de 1994. La diferencia es que ella eligió irse atravesando el mar. Al principio contaba la historia como si fuera la de otra persona. Como quien pone distancia entre el presente y el recuerdo para congelar el dolor, alejando el hecho de su propia vida.


Contaba cómo iban en el remolcador. Cómo los guardafronteras del régimen se acercaron en tres embarcaciones y comenzaron a cerrarles el paso hasta dejarlos sin posibilidad de escapar. Describía el impacto sobre los cuerpos de los chorros de agua a presión y cómo las personas caían al mar, cómo los niños caían al mar.


En un segundo dejó de ser testigo. Y era ella otra vez, rodeada de mar, cercada por los guardafronteras, con su hijo en los brazos. Era ella, sintiendo la fuerza del agua contra su pecho, la fuerza del mar arrancando a su hijo de sus manos. Quedando solo el desgarro ante la ausencia.


Alguien tiene que pagar por tanto dolor.


No existen palabras que puedan contener el sufrimiento de las madres cubanas. Las que perdieron hijos en el mar. Las que los vieron partir hacia un destino incierto. Las que se quedaron esperando. Las que todavía miran una puerta, un teléfono o una fotografía.


¿Por qué culpé a mi madre por su elección? Yo también entiendo el miedo. Soy madre.


Me quedo perdida en mis pensamientos y la voz de mi madre es un eco dentro de la cocina. Su mano, acariciando mi mejilla, me regresa al presente y sé que también puede verlo, lo sé.


Definitivamente, a mi madre le duele la tristeza que se refleja en mi rostro.


📷 Ignacio Kappa Carter

 
 
 

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