EMPAPELADO Y LISTO

✍️ Anet García
El muchacho no rebasaba los treinta, subió a la guagua de Alquízar con un niño, pagó y dijo que iba al baño un momentico. Lo esperamos, cuando volvió se sentó en el motor y el chofer arrancó.
A los pocos minutos de salir de la terminal de Marianao, escuché algo de un empapelado. Me giré con curiosidad y la mujer a mi lado señaló al muchacho desconectado totalmente de la realidad, era como si se hubiera apagado algo en él. Estaba normal antes, cuando fue al baño se debió meter el papelito, me explicó ella.
No es la primera vez que veo a una persona drogada, pero sí la primera vez que veo un zombi. Los que estaban al lado suyo, al comprobar lo difícil que era mantenerlo sentado en el motor con el traqueteo de la guagua, lo acostaron, y allí se quedó.
La mujer que tenía cargado a su niño preguntó si su papá estaba enfermo, y no lo estaba. Luego indagó si se dormía así con frecuencia, a lo que el niño, que no pasaría de ocho años, respondió afirmativamente. A esa hora averiguó por el lugar de destino y la zona del pueblo en que vivían, por si acaso.
El chiquillo quedó solo, mareado y con sueño, al cuidado de unas mujeres desconocidas pero cariñosas y solidarias. Todos los pasajeros que subieron y notaron que su papá estaba drogado evitaron decirlo en voz alta. Por suerte el efecto pasó en poco menos de una hora.
Las drogas y los zombis se están haciendo parte del paisaje. Como los basureros, uno puede encontrarlos a cualquier hora del día, lo mismo en La Habana que en ciudades del interior, sobre el banco de un parque o abrazados a un poste, y ahora también en la guagua.
El papelito o químico es una droga compuesta por cannabinoides sintéticos mezclados con otras sustancias. Entre 2024 y 2025 aumentó de 467 a 886 la cifra de consumidores que buscaron ayuda o fueron registrados al ingresar a alguna guardia hospitalaria, según reportó AP, y eso solo en la capital.
En las escuelas de mi provincia, desde hace un año, el Ministerio de Educación orientó dar charlas antidrogas. Un día reparé en dos niñas de sexto grado que leían en voz alta de un mural información al respecto, mientras esperaban que sus padres fueran a recogerlas. Se les habla a los estudiantes de las consecuencias del uso de estupefacientes para la salud, sí, pero luego todo queda ahí.
Los adolescentes y jóvenes salen de sus centros educativos y en la vida real tienen pocas o nulas opciones recreativas. En esas edades son habituales las transgresiones, la rebeldía, la necesidad de aceptación del grupo etario y la búsqueda de nuevas experiencias. No es extraño que prueben y se enganchen, más aún cuando el papelito o químico resulta más barato que la mayoría de los alimentos.
Cada día son más los consumidores, y la alarma llega ya a pueblos del interior como el mío. Me pregunto si las autoridades, que siempre han aplicado una aparente política de tolerancia cero hacia las drogas, estarán invirtiendo todos los recursos necesarios para reducir ese flagelo o si, por el contrario, estarán más enfocadas en otro tipo de control.
Hoy volví a montarme en la guagua. El tema era el mismo: los empapelados, uno tirado en la esquina, otro enroscado en el parqueo del hospital Pando Ferrer. ¿Será que cuando los jóvenes dejan de tener sueños realizables a futuro, son más propensos a evadirse y pagar por alucinaciones?
📷 Anet García




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