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CRÓNICA DE UN PAÍS QUE DEJÓ DE ENSEÑAR

  • hace 57 minutos
  • 2 min de lectura

✍️ Alejandra García


El patio de una escuela primaria en El Vedado, en pleno mayo, estaba vacío. No es un barrio marginal, es sinónimo de buena escuela. Mi primito vive ahí y lleva desde entonces sin pisar un aula, no por capricho de sus padres: el régimen informó en una emisión del programa oficialista La Mesa Redonda el cierre del curso 2025-2026 del 15 al 30 de junio, "por limitaciones logísticas y de aseguramiento". Traducción sin maquillaje: no hay combustible para el transporte escolar ni comida para los comedores, y los apagones de hasta 22 horas diarias hacen imposible sostener una clase. Si en un barrio como este también se cayó el sistema, la tesis es simple: la dictadura ya no puede, y en la práctica ya no quiere, sostener la educación de sus niños.


Según CiberCuba, el déficit ronda los 24 000 maestros —una de cada ocho plazas vacía—, con sueldos que, pese al aumento salarial de julio de 2026 (Resolución 18/2026), siguen devorados por la inflación. La eliminación de los exámenes de ingreso, sustituidos por el promedio acumulado, confirma la misma lógica: ya no se puede medir lo que casi nadie tuvo oportunidad de aprender.


Y aun así, sigue prohibida la educación privada: el régimen, incapaz de sostener su propio sistema, tampoco permite que nadie más lo intente.


Muchos niños ya empezaron su jornada, pero no en un aula. En centros nocturnos, cafés y restaurantes en Camagüey, me he encontrado con niños vendiendo chicles, galletas dulces o rosas. El activista Yasser Sosa Tamayo cuenta en sus posts de Instagram situaciones similares: un niño de nueve años vendiendo pastillas de pollo en la calle Enramadas, u otro adolescente de quince con traqueotomía que despacha pizzas en vez de recibir los cuidados que exige su salud. El mismo patrón, una y otra vez, porque hace más falta el peso que consiguen en la esquina que la lección que pierden. La Constitución prohíbe el trabajo infantil y tampoco logra sacarlos de la calle.


Ya casi es septiembre. Ni los niños ni los padres, ni los pocos maestros que quedan tienen la certeza de que el curso comenzará, si habrá clases, uniformes o material básico.


📷 Lispector del Risco

 
 
 

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