CACEROLAS EN CUBA: ECO DE UNA PROTESTA UNIVERSAL

Barsine Sáinz
En la Francia del siglo XIX, opositores a la monarquía hicieron sonar cacerolas y otros utensilios como forma de protesta. Aquella irrupción de lo doméstico en el espacio público convirtió esos objetos en símbolos políticos. Con el tiempo, el cacerolazo llegó también a América Latina: Chile, Argentina y Venezuela, entre otros países, lo adoptaron como arma sonora de indignación.
Cuba, rodeada de mar, no recibe de fuera el impulso de estos cacerolazos. El descontento nace dentro de los hogares, donde muchas madres que sostienen a sus familias han convertido los calderos en una voz de resistencia. Desde el Vedado hasta Guanabacoa, distintos barrios han hecho sonar sus ollas, desmintiendo la idea de un pueblo sin espíritu.
Ante los cacerolazos, Miguel Díaz-Canel pidió dirigirlos contra Estados Unidos: «Tóquenle la cacerola a los vecinos del norte». Fue una manera flagrante de hacer oídos sordos al reclamo de su pueblo. La historia demuestra que el hambre, la sed y la indignación mueven voluntades. El cacerolazo es hoy lenguaje de protesta y expresión de un reclamo por la soberanía verdadera.
Una conocida metáfora cuenta que una rana, sumergida en agua que se calienta poco a poco, no percibe el peligro hasta que ya es demasiado tarde para saltar. En Cuba, esa imagen describe al propio gobierno, que parece ignorar cómo aumenta el malestar social. La lección es clara: no le va a dar tiempo a saltar si la temperatura sigue subiendo.
La libertad cuesta más que un utensilio de cocina, pero las cacerolas siguen siendo un símbolo de exigencia social. El pueblo cubano, sobremuriendo —viviendo apenas—, ha hecho suyo aquel lenguaje de cacerolas nacido en Europa.



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