ÚLTIMA VUELTA A LA TUERCA

✍️ Lupe Fernández
Mi amiga Graciela vive en un apartamento pequeño, pero cocina con carbón: el gas licuado hace rato dio su último suspiro. Es alérgica, su apartamento se llena de humo y ese olor persiste día y noche. Debe tomar antihistamínicos cuyo precio sobrepasa un cuarto de su pensión; el resto se va en el carbón —1 000 pesos una lata que no dura una semana—, la medicina para la presión, y lo demás queda por resolver.
Ya no tiene qué vender: artículos de primera necesidad, ropa, cuadros que eran de su suegra, adornos. Entras a su pequeño apartamento, que antes se veía arregladito y femenino. Ahora solo quedan las butacas y una pequeña mesa. Hasta el televisor y la máquina de coser se fueron de paseo en un momento de apuro.
Graciela trabajó casi treinta años, después de haber estudiado en la Universidad. Pensó tener una vejez desahogada. Qué engañada estaba mi pobre amiga.
Toco a su puerta para llevarle una manito de plátano burro; el olor a humo lo invade todo. Me abre la puerta con los ojos rojos: rojos del humo, rojos de llorar. Se abraza a mi cuello y me dice entre sollozos: gracias, no tenía casi nada para el almuerzo, solo unos chícharos que me regaló una vecina.
Conversamos un poco y me pregunta si conocía sobre la venta de gas licuado en dólares. Imposible para ambas; además de ser comercializado en una moneda extranjera, el precio es altísimo.
Con tristeza nos despedimos. Qué triste es cada vez más la vida en nuestro país.
Me alejo lentamente, pensando en tantas Gracielas que conozco, cuya vida —¿vida?— transcurre igual de difícil.
¿La última vuelta a la tuerca será esta, o faltará alguna más?
📷 Anet García



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