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ESPEJISMO CULINARIO

hace 1 hora
2 min de lectura


✍️ Anet García


El sinvivir del cubano tiene cada día sus propios retos: la corriente, el agua, el transporte, un trámite, un medicamento indispensable, el precio del dólar… y el de la comida. ¡Ah, la comida!, tremendo problema. Uno exprime el monedero, divide, multiplica, pide prestado hasta sacar el dinero de la tarjeta, duda como Cucarachita Martina. Cuando llegas a la casa a cocinar algo, ya antes te has cocinado el cerebro haciendo malabares monetarios.


Mirta es jubilada. El otro día se dio cuenta de que la despensa se le estaba quedando vacía. Como ya le cuesta caminar, me pidió que le hiciera la compra y la reabasteciera. Me dio diez mil pesos; ese día quería hacerse un arroz amarillo con huevo.


El arroz está a 350 la libra, la cebolla en 1 300. Ají cachucha, 300 el pote, el aceite ha bajado hasta 2 500 el litro y la pasta de tomate la cogí en 750 la lata. No puede faltar un sobrecito de sazón Goya para pintar, en 70; el sazón completo en 1 500. El sacrosanto huevo a 130, descendiendo poco a poco de su nube, y perritos no encontré, al menos no de los que ella quería.


Claro que no lo compré todo en el mismo lugar, tuve que caminar un poquito para abaratar costos, y sé que en dependencia del municipio o el barrio estos precios pueden variar.


Evidentemente Mirta no vive de su retiro sino de las ayudas que llegan desde Miami. Pero igual se indigna ante el alza de los precios, la poca oferta y un largo etcétera que, me dice, es culpa del comunismo, porque ella creció en la Cuba capitalista y no hay quien le haga un cuento.


Por otro lado, Carmen, quien visita su casa, apenas se queja, evita opinar de política. De carácter es más bien estoica, pero tiene sus momentos en que reconoce que no sabe a dónde vamos a llegar y que se quiere morir. La última chequera que cobró dice que la gastó íntegramente en arroz: nueve libritas de arroz. O sea, que todos sus años de trabajo se le han convertido en una jaba de arroz.


Si Carmen intentara vivir solo de arroz, moriría de beriberi, pero es poco probable que nueve libritas le alcanzaran para todo el mes, así que tal vez muriera antes de inanición. Tampoco la consideran vulnerable porque tiene una nieta en la libreta, aunque la muchacha viva con su marido y no ahí. Por suerte, a Carmen familia y amigos la ayudan a diversificar la dieta.


Saliendo de casa de Mirta vi a Alina, jubilada y reincorporada, que me enseñó la cartera repleta de billetes de a diez que le pagó el estado y que no se los quieren aceptar en ninguna parte.


Mirta, Carmen y Alina pertenecen a una generación casi extinta, que confió en promesas y trabajó honradamente para un sistema que en el ocaso de sus vidas las despacha con 3 100 pesos mensuales —menos de cuatro dólares—, un sistema que hace que un buen plato de comida para un anciano y la mayoría de los cubanos no solo sea un lujo, sino un espejismo.


📷 Anet García

 
 
 

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