RESILIENCIA NO ES FUTURO; ES RESIGNACIÓN Y SUMISIÓN
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✍️ Madelyn Sardiñas
Resiliencia, palabra que invadió el discurso del régimen hace algunos años, se define como la capacidad de una persona o comunidad para adaptarse y sobreponerse a la adversidad. Suena elegante, académica, y hasta heroica.
El problema no está en la resiliencia en sí, sino en su uso como mandato ideológico y social permanente: se espera que las personas se adapten a la precariedad y aplaudan su capacidad de sobrevivir. Mientras tanto, se justifica la incompetencia de las instituciones para cumplir su rol en garantizar derechos y bienestar, permaneciendo intactas las causas estructurales del sufrimiento.
El ministro cubano de Energía y Minas reconoció el pasado julio: "Combustible no tenemos y no avizoramos que haya combustible en los volúmenes que necesita nuestra economía". Es decir, se pide paciencia sin luz al final del túnel. "Solo un pueblo tan heroico como el nuestro puede enfrentar estas situaciones, sobrevivir y tener la disposición para superarlas", dijo el dictador Miguel Díaz-Canel en junio pasado, convirtiendo la resistencia en heroísmo, y a este en consigna y, al mismo tiempo, en excusa para naturalizar la crisis.
El discurso de la resiliencia interminable pretende elevar a virtud el sacrificio de los gobernados para justificar el inmovilismo de las estructuras del poder. Pero la resiliencia infinita no es virtud, sino una ideología del aguante, que puede resultar muy peligrosa para cualquier sociedad. De hecho, en la isla se notan sus efectos.
La resiliencia perpetua normaliza la transgresión cotidiana. El delito es visto como mecanismo de supervivencia, siempre que el infractor no critique al poder. La falta de ética muta a "ingenio" o "astucia" individual, erosionando valores como la honestidad y la decencia.
La resiliencia prolongada deriva en apatía, cinismo y agotamiento colectivo, debilitando la capacidad de imaginar futuros mejores o de unirse para hacerlos realidad. La comunidad se adapta a crisis constantes sin exigir soluciones estructurales, perpetuando problemas como la corrupción, la desigualdad y la ausencia crónica de servicios básicos.
El pueblo que acepta la resiliencia como política de Estado no muestra fortaleza, sino sumisión. Como resultado, el país es más frágil en todos los ámbitos y, por tanto, más vulnerable ante los avatares de su entorno. Ninguna sociedad debería enorgullecerse solo de resistir; debería aspirar a transformar las condiciones que la obligan a resistir.
📷 Juan Pablo Estrada




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