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OLIGARCAS DE VERDE OLIVO

  • hace 12 horas
  • 2 min de lectura

✍️ Ámbar Ferrara


La historia reciente nos recuerda que la perestroika soviética abrió las puertas a un proceso de privatización que terminó en manos de unos pocos: los oligarcas rusos. Aquellos bonos que debían democratizar la economía se convirtieron en el pasaporte de una élite para apropiarse de sectores estratégicos. El resultado fue un capitalismo mafioso, autoritario, sin justicia ni equidad.


Hoy, en Cuba, el discurso oficial anuncia una apertura que permitiría la entrada de transnacionales y otras medidas que consolidan la economía de mercado y amplían la participación privada del capital extranjero, preferiblemente de emigrados cubanos, en la isla. Pero detrás del maquillaje capitalista, el poder real sigue en manos de los mismos: el Partido Comunista, las FAR y el MININT. Ellos deciden quién invierte, cómo se invierte y quién se beneficia. No habrá libertad ni democracia mientras el control permanezca intacto.


La oligarquización del poder no será civil, sino militar-partidista. Las acciones de empresas estatales, si llegan a venderse, no estarán al alcance del ciudadano común, sino de una élite que ya controla GAESA y los resortes económicos del país. El pueblo verá vitrinas llenas y restaurantes iluminados, pero detrás de esa fachada seguirá la misma estructura de vigilancia, represión y desigualdad.


¿Quién responderá por los años de sufrimiento? ¿Quién indemnizará a los presos políticos y sus familias? ¿Quién pagará por los niños que murieron por falta de gasolina, mientras siempre hubo combustible para las marchas oficiales? ¿Quién dará cuentas por los miles ahogados en el mar y perdidos en la selva?


El viraje no puede ser hacia un capitalismo de estado mafioso. Cuba necesita pluripartidismo, libertad de expresión, libertad de acción para la sociedad civil y rendición de cuentas real donde el ciudadano pueda criticar abiertamente los programas y políticas gubernamentales y ejercer su cuota de poder a través del voto. El estado actual del país es semejante a una posguerra, el sufrimiento ha llegado a su límite: apagones, epidemias, escasez, incertidumbre, represión, exilio y hambre. La reforma económica sin desmantelamiento del sistema político no garantizará prosperidad.


El pueblo cubano merece que su grito no sea vandalizado, sino escuchado y canalizado. Merece que sus demandas sean tomadas en cuenta en su diversidad, para construir la Cuba que quieren los cubanos, no la Cuba que ellos imponen. Que termine el gatopardismo, que se disuelva el PCC, la UJC, que desaparezcan las estructuras de espionaje y extorsión: FAR, G2, MININT, CDR.


Como siempre, este paquete se ha saltado la voluntad popular, y aunque lo disfrazan de necesario, es otro síntoma del totalitarismo. ¿Por qué estas medidas de carácter estructural que reconfiguran el escenario económico tienen que ser legitimadas por Raúl Guillermo Rodríguez Castro, que no cumple ninguna función específica dentro de la Asamblea ni en el Consejo de Ministros? Definitivamente, la transición al capitalismo está en manos de la familia y evidencia los canales paralelos del poder real que saltan la institucionalidad del país, caída en descrédito total.


La apertura que anuncian no traerá libertad. Solo un cambio profundo, con justicia y pluralidad, puede abrir el camino hacia una Cuba verdadera, donde el bienestar no sea una máscara y la democracia no sea una palabra vacía.


📷 Juan Pablo Estrada

 
 
 

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