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LA PAÑOLETA ROJA

  • hace 9 horas
  • 3 Min. de lectura

✍️ Eloísa García


— Me pongo la pañoleta roja para que la gente en la calle no me pregunte qué hago vendiendo o por qué no estoy en la escuela.


Eso me dijo una niña de once años después de tocar a mi puerta para venderme plátanos: plátanos fuñidos, casi cáscaras, arrancados antes de tiempo.


¿Alguna vez le has comprado algo a un niño? Cualquier cosa: lápices, libretas, aliños. ¿Alguna vez alguno te ha tocado la puerta para venderte o pedirte algo?


En Cuba hay niños vendiendo en la calle, pidiendo limosna, durmiendo a la intemperie. Pero cuando esa realidad te toca la puerta, deja de ser una publicación en redes o el comentario de un vecino. Se vuelve algo concreto, un rostro que no puedes esquivar y al que te toca mirar a los ojos.


Ella no paraba de hablar. Era chispeante, despierta, como si hubiera aprendido a adelantarse al silencio incómodo del otro. En menos de dos minutos me contó su rutina mientras yo la miraba, sabiendo que no necesitaba esos plátanos y que igual los iba a comprar.


— Ya dejé todo listo en mi casa. Lavé mi ropa, la tendí al sol. Mi casa tiene el piso de tierra, pero todo está limpio. He barrido antes de salir. Y lo único que había era arroz, pero ya está hecho. Vivo con mi mamá… y mi mamá trabaja mucho.


La miré y pensé en mi hija. No pude evitarlo. La mía estaba en el cuarto, jugando con sus muñecas. También se había dejado la pañoleta al cuello, pero por pereza, por no desatar el nudo.


No creo que esta niña haya sentido alguna vez pereza.


La mía ya regresó de la escuela y tiene la barriga llena. La otra se dejó la pañoleta para no dar explicaciones, para que nadie la detuviera con preguntas que no quiere responder, para que, si la llamaban, fuera solo para comprarle. Y ese gesto revela la distancia entre una niña y otra.


A veces creemos que los niños en la calle vienen de historias rotas. Y sí, ocurre. Pero también están los otros: los que tienen una casa levantada con esfuerzo, aunque sea de tierra; los que tienen madre –y a veces padre–, pero no es suficiente. Porque el dinero no alcanza. La comida no alcanza. La infancia tampoco. Y entonces una niña entiende que debe trabajar.


No le pregunté si su madre la mandó. No hizo falta. En su manera de hablar había una lógica demasiado clara, como si cada decisión estuviera ordenada: limpiar primero, cocinar después, salir a vender, ponerse la pañoleta roja.


Le di mi almuerzo. Le compré los plátanos.


— Me quedan dos manos en casa. Ojalá las venda. Así, cuando mi mamá llegue, hay dinero para comprar algo más. Porque comer arroz solo, no es rico.


Cerré la puerta con un nudo en la garganta. Ojalá logre vender lo que le queda. Ojalá no necesite salir nunca más a la calle. Pero Cuba no se mueve al ritmo de ningún deseo.


Y, sin embargo, hay días en que se celebra a los pioneros: actos, discursos, globos, payasos. Días en que niños con pañoletas rojas y azules entonan himnos y hablan de la patria, del futuro, de una Cuba que ya no existe.


Mientras tanto, en medio del ruido de la calle, hay niños que salen solos a vender cualquier cosa. Niños que se dejan la pañoleta al cuello para que nadie les pregunte por qué no están en la escuela.


📷 Eloísa García

 
 
 

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