LA FALACIA DE LA SOBERANÍA POPULAR
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✍️ Madelyn Sardiñas
El Parlamento se prepara para otra puesta en escena de la "democracia diferente". Los diputados, alineados como un coro de maniquíes, ocupan el escenario repitiendo gestos uniformes en un espacio donde la unanimidad sustituye al debate.
El pueblo, supuestamente representado, queda relegado a espectador de una obra cuyo guion ni siquiera escribe el Ejecutivo: surge del Buró Político, que a su vez lo recibe de las sombras donde se concentra el verdadero poder oligárquico. El Legislativo no es autor, ni crítico; es apenas receptor. Los diputados repiten sin cuestionar las líneas que otros dictan. Lo que acontece con el más reciente paquetazo transformador lo ilustra a la perfección.
El Parlamento aprobó, en sesión extraordinaria de un día, una larga lista de intenciones —el qué— carente de detalles sobre el cómo, bajo qué condiciones, en qué tiempo ni qué resultados daría. Sin esos elementos no es posible evaluar seriamente los pros y contras, ni medir impactos, ni proponer alternativas diferentes, especialmente si no existe una representatividad real de la sociedad en ese órgano. Aun así, el paquete se aprobó de manera expedita y unánime, como si la soberanía popular se ejerciera en un acto de fe.
Para la sesión de julio solo se anuncia la "información sobre la implementación" como punto en la agenda, según reportó el medio oficialista Cubadebate. Es decir, los diputados no volverán a discutir el contenido; solo recibirán reportes sobre lo que ya fue decidido. El ciclo deliberativo se cerró antes de comenzar.
Este mecanismo desnuda la falacia de la participación popular a través de sus representantes. La Asamblea Nacional, presentada como "órgano supremo del poder del Estado", funciona en realidad como un escenario de legitimación administrativa. Los diputados no controlan, no fiscalizan, no cuestionan. Su papel es validar lo que el Buró Político ya ha definido y luego escuchar informes sobre su ejecución.
La soberanía popular, que en teoría debería expresarse en el debate parlamentario, se reduce a un ritual de unanimidad. El pueblo no participa en la confirmación, ejercicio ni control del poder. Lo que se presenta como soberanía es, en realidad, una escenografía cuidadosamente diseñada para ocultar la concentración de decisiones en un núcleo reducido.
El lenguaje institucional confirma esta deriva. En convocatorias anteriores todavía se hablaba de "debate" o "análisis" de la implementación de políticas. Hoy, la palabra clave es "información". El Parlamento ya no delibera, solo recibe. La crítica coherente que podría tomar meses queda fuera del espacio institucional. El pueblo sigue relegado a espectador, mientras sus representantes actúan como un coro de papagayos disciplinados. La Asamblea se convierte en un teatro político, donde la soberanía popular es un mito y la representación se reduce a un decorado. Al final, el pueblo no gobierna: apenas es informado, ¡y a medias!
📷 Anet García
