EL PAN DE MAÑANA

✍️ Ámbar Ferrara
Trac, trac, trac. Me desperté con el sonido, aunque leve. Abrí los ojos y, en medio de la oscuridad, vi en la sala el resplandor azul típico de los teléfonos. Pensé que era mi esposo, vigilando el agua, pero noté enseguida que aún roncaba a mi lado.
Seguí el sonido del balancín del sillón hasta la sala. Era mi hijo, que jugaba en el celular. Le pregunté si se había desvelado. La respuesta cayó como martillo en yunque: dijo que tenía tanta hambre que no podía dormir porque le dolía el estómago.
Me senté a su lado. Por suerte, la oscuridad enmascaró mis ojos llorosos. En otra época, esa hambre era felizmente aplacada por cualquier invento mío: un boniatillo, unas croquetas que sobraban de la comida, hasta una receta que la familia llamaba el matahambre: harina con sal y agua para hacer una friturita. Pero esos pequeños placeres han sido desplazados y se han vuelto lujos inalcanzables. ¿Qué aceite? ¿Qué harina?
Pensé en hacerle un agua con azúcar, pero recordé que se había acabado el azúcar.
¿Qué le puedo dar a un adolescente de doce años en pleno crecimiento? Me parto la cabeza para que coma. Antes la cocina era mi reino; ahora es mi gran tortura. Poco a poco, mi esposo y yo nos hemos limitado para que él pueda alimentarse mejor: comemos fufú para que él coma arroz, comemos croquetas de "averigua" para que él coma de vez en cuando alguna proteína —un bistecito, un huevo—, dejamos de desayunar yogur para que el pomo dure más para él y, ante la imposibilidad de comprar dos barras de pan diarias, solo compramos la de su merienda.
Al café, que siempre disfrutábamos tras los almuerzos y las comidas, lo hemos relegado solo al desayuno, y amargo. Con todo nuestro esfuerzo, noto que mi hijo está muy delgado; en la última consulta la pediatra me dijo que estaba por debajo del percentil de crecimiento. Me preocupa también cómo influye esto en su autoestima, porque otros amigos ya pegaron el estirón.
Miré el reloj: eran las cinco y media. Le insistí en que se acostara, para que durmiera un rato antes de que sonara la alarma para la escuela. Me contó que en la tarde había ayudado a un vecino a pintar y en agradecimiento le regaló un dinerito. Me dijo que me acostara y que no me preocupara, que hoy todos íbamos a desayunar con pan.
Estas son las cosas que me dividen el corazón entre el orgullo y la rabia. Mi hijo siempre está buscando la forma de ayudar en la casa. Me siento tranquila al saber que tiene un espíritu trabajador y responsabilidad, algo tan positivo para el carácter; pero también noto que un niño de su edad no debe tener ese tipo de preocupaciones, pues su deber es estudiar, no ver cómo sus padres sufren y se deterioran ante sus ojos.
Mi esposo está hecho un güin y ya no le queda ni un pelo en la cabeza, y yo le he llevado tres veces mi ropa a la costurera para que le siga haciendo pinzas. Los pensamientos pesan mientras comienza a clarear. A lo lejos se escucha un silbato. ¡El pan suaveee! ¡Panadero!
Mi hijo salta del sillón y sale por la puerta. Regresa a los pocos minutos, victorioso, con dos barras de pan: ¡Mira, mamá, tenemos pan para desayunar y para mi merienda! Y luego, más despacio: El problema es si habrá mañana. Tengo que hacer algo hoy para que haya mañana.
📷 Anet García



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