DISTOPÍA EN LA NADA
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✍️ Mario Junkera
Miles de cubanos despiertan en la mañana, abren los ojos y no piensan. Tosen, se estiran, se levantan y se deciden a la guerra diaria.
El desayuno está en la mente, se pierde en la madeja de restricciones diarias. Pagar un café, una minúscula taza de café, se convierte en una decisión crucial: 30 pesos pueden ser fatales a la hora de completar otros gastos priorizados.
Un anciano que cobra su chequera de 4 000 pesos mensuales piensa y piensa en ese mándala de colocación de los gastos posibles, solo en la alimentación del día.
Ese anciano que trabajó 40 años hasta la saciedad, entregando todo cuanto podía para colaborar en hacer próspero su país, ahora, en la vejez, siente la inutilidad de su pasado laborioso, que se vuelve tormenta vacía, labor inútil.
El joven que sueña una carrera decente, un oficio provechoso, al levantarse y poner los pies en el frío suelo, piensa sin pensar qué será.
La inopia, la sensación de lo inútil, la carencia del estímulo creativo, la inoperancia de una realidad destrozada y sin porvenir, se agolpan como una fuerza desbaratadora hacia la nada, a esa nada cotidiana de lo repetitivo.
La fuerza del desorden social y político repercute como mazo en su mente. La rutina de la miseria cerebral se torna en estereotipos de conducta, en apatía social, en compromisos olvidados, en sueños perdidos.
Cuba es un país triste, de personas tristes, de animales tristes, de un calor insoportablemente triste.
Incluso aquellos que gozan de solvencia económica viven escondidos en sus grutas de abundancia. Se esconden para no dejar ver la solvencia de sus exuberantes vidas de placer.
Poseer capital hoy día en Cuba no te exime del dolor, de la ruina de sentir y padecer la desesperación del otro.
Sentirte dueño de nada, vivir a expensas de que lo propio nunca es realmente tuyo, te hace vivir en la duda, en el susto, en una aparente y fingida seguridad.
El miedo a decir, a confrontar, a ser oído, es otra de las restricciones que mutilan la creatividad, la prosperidad ciudadana.
Vivir a expensas de un gobierno-estado rígido, obsoleto a nivel contemporáneo, envejece la sociedad, dilapida los recursos humanos y materiales, y convierte al ciudadano en un simple objeto forzado a la obediencia.
La obediencia es sinónimo de sumisión. Doblegar a toda una nación, llevarlos casi a la desesperación solo para defender principios y legados foráneos inoperantes a nivel económico e ideológico, es más que obstinante: es un atropello a la vida, dicha esta en su esencia más genuina; es hacer retroceder al ser humano al estatus de servidor feudal.
Los tiempos de efervescencia revolucionaria y pasión desmedida ya pasaron hace mucho. Ahora solo son representaciones ficticias de aquello que fue y que realmente nunca fue de verdad.
Son la sombra de una mentira disfrazada.
Solo estos versos representan lo desesperante:
"Oh patria deshecha y olvidada,
cual cuento escrito por un fantasma,
en días de glorias, tus rosas se volvieron espinas,
la patria entonces, herida y mortuoria, en silencio
quedó."
📷 Ignacio Kappa Carter




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