¿CRISIS VS LIBROS?
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✍️ Lien Estrada
Muchas de mis amistades, con sus buenos deseos, me sugieren cambiar de negocio. En vez de vender libros, que es lo que hago, vender comida o café, por ejemplo. Porque el oficio que tengo no es muy próspero en los tiempos que corren en la isla. La idea de que no todo el mundo lee, pero sí todo el mundo tiene que comer, es muy cierta. Y no hay manera de discutirla.
No es secreto para nadie que la crisis extrema y prolongada que atravesamos hace que el ejercicio de la lectura no esté entre las prioridades.
Por tal razón, comprendo el consejo de mis amistades. Y no me sorprende, aunque sí me genera tristeza, ver cómo algunos sitios que fueron por años librerías de libros de uso ahora son puntos de venta de golosinas, refrescos, maltas y cervezas. Existe una realidad violenta que impone el modo de supervivencia, y la pregunta "¿qué vamos a comer?" —y lograrlo— tiene prioridad. No obstante, ¿podrá una sociedad seguir construyéndose y rehacerse sin la ayuda del pensamiento, la reflexión, el análisis de lo que vive?
Es muy mala señal tener como pueblo una única preocupación: la alimentaria. Y que la parte espiritual quede relegada a tal punto que tienda a diluirse en la titánica tarea de sobrevivir al día a día. ¿Cuánto puede una cultura o un país sostenerse así? ¿Se podrá vivir solo de pan?
Soy de la opinión de que la crítica política, social o de cualquier otra índole es imprescindible para el desarrollo de un país. Y no es posible avanzar si no logramos cultivar el ejercicio intelectual de leer, discutir y tener juicios propios. Pero para hacerlo realidad hacen falta las escuelas que cerraron sus puertas antes de tiempo por falta de profesores, las bibliotecas que se destruyen poco a poco por falta de recursos, y las librerías particulares que hoy son tiendas con otras ofertas.
El régimen debería preocuparse también por este problema, además de por aquellos en los que tanto énfasis pone, como la recaudación de divisas. La promesa incumplida de que seríamos uno de los países más cultos del mundo contrasta con el deterioro de la educación, constatable en la indisciplina social, el alto nivel de vandalismo y los elevados grados de corrupción que enfrentamos.
La crisis va más allá de lo económico, como bien sabemos, y con todas sus consecuencias hay que hablarla. Hay que mostrarla. Ponerla sobre la mesa. Expresar lo que nos duele y denunciar lo que nos afecta debería ser más que un deber: una obligación. Y ser conscientes de que si no encontramos salidas viables estaremos muy cerca de la destrucción total. Como pueblo, como cultura.
¿Qué hacer para que nuestras librerías no se conviertan en puestos de venta de comida? ¿Qué hacer para que existan puestos de comida? ¿Qué hacer para desarrollar la economía y que las personas tengan la posibilidad de ganar el dinero suficiente para comprar comida y libros? No creo que sean cuestionamientos de segundo orden. Y está bien preocuparnos por ellos. Y, sobre todo, encontrar soluciones reales, posibles, que nos permitan ser una mejor sociedad.
📷 Ignacio Kappa Carter
