JAVIER, HIJO DEL PERÍODO ESPECIAL

✍️ Sherezade Quiroga
En Cuba, la belleza y la astucia se han convertido en moneda de supervivencia, y mi vida es prueba de ello. El período especial me partió en dos: mi madre perdió el trabajo en el estado, mi padre murió de un infarto, y yo, con once años, tuve que salir a buscarme la vida.
Recuerdo esconder la mochila llena de libros en una casa abandonada de mi barrio en Cienfuegos, fingir que iba a la escuela con la pañoleta roja y la camisa blanca, y correr hacia Baracoa para fajarme con los turistas. Si no llevaba chicles, panes o refrescos a la casa, nos moríamos de hambre. Esa escena concreta —mi madre esperando en la cocina vacía— me enseñó que la educación era un teatro y la supervivencia, la función principal.
Con el tiempo me avispé. Aprendí inglés escuchando a los turistas en el Malecón, italiano en conversaciones con una pareja de Roma que me regaló un diccionario, alemán de un profesor jubilado que conocí en el boulevard, portugués de un marinero en el puerto y francés de una guía que me pagaba por acompañarla. Pasé de pedir monedas a vender billetes de Martí y el Che, de mendigar a recomendar restaurantes, y de ahí a lo que mejor pagaba: enamorar extranjeras. Una alemana me dijo una noche en el hotel Inglaterra que mi sonrisa valía más que los euros que me daba. Esa frase me confirmó que el cuerpo podía convertirse en recurso económico, y que la belleza era un capital tan real como el dinero.
Hoy me paso los días en el boulevard de La Habana, jineteando. Cafés, hoteles, turistas que vienen buscando calor y sudor. Tengo un hijo en Italia que reniega de mí: la última vez que hablamos por teléfono me dijo que no quería saber de mi historia. Ese rechazo me duele más que la pobreza, porque me recuerda que no solo se rompe el bolsillo, también se rompe la sangre. La experiencia concreta de escuchar su silencio al otro lado de la línea me lleva a opinar que la emigración no solo separa geografías, también desgarra familias.
Lo que me preocupa ahora es el tiempo. Ya no soy el chama de veinte que se comía el mundo con una sonrisa y un baile. Frente al espejo del baño del hotel Deauville me pregunto cuánto me queda de esa belleza que me ha dado de comer. El miedo es ese: que un día las yumas no me miren igual, que el cuerpo se me gaste y me quede sin carta de juego. Y concluyo: el período especial no terminó, sigue vivo en la manera en que nos obliga a vendernos, reinventarnos y sobrevivir con lo que queda del cuerpo y la lengua.
📷 Sherezade Quiroga



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