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BURNOUT: EL SÍNDROME DE DESGASTE NACIONAL

hace 7 horas
3 min de lectura

✍️ Ámbar Ferrara


La doctora se subió al triciclo en la primera parada y enseguida se quedó dormida. El grito del chofer y un codazo que le dio la mujer de al lado la despertaron. Del susto se le cayeron las gafas, la cartera y una jaba con yucas.


Ella se disculpó mientras le recogíamos sus cosas. El chofer la ayudó a bajar. Estaba frita la pobre, él para sacarle una sonrisa le dijo algo de las yucas, y ella que si el carbón.


Cuando volvió a arrancar el carrito. Los tres pasajeros que quedábamos y el chofer no pudimos evitar el tema de lo que sufre el cubano.


La de enfrente de mí decía que si ahora la doctora se mete una hora para encender el carbón, que luego a cargar agua para cocinar y bañarse, y que si tiene muchacho chiquito es peor, que ella misma no sabe cómo está en pie todavía vendiendo durante horas. El señor añadió que los médicos no pueden tener deseos de trabajar en esas condiciones, cómo van a salvar vidas ajenas cuando ellos mismos no tienen vida y están hechos polvo.


Yo agregué que la pobre iba despeinada, con ojeras, con la bata estrujada, estaba rota. Y en su casa seguro no desconecta: entra en otro empleo sin pago ni horario.


Lo vemos a diario. El cansancio se acumula, en un proceso de desgaste que mina músculos, huesos y nervios. Eso de estar frito, estar hecho tierra, típico de la jerga cubana para definir cuando el cuerpo no puede más, tiene un nombre clínico: burnout.


El psicólogo Herbert Freudenberger definió en 1974 el burnout como una sensación de fracaso y existencia agotada. Décadas después, la Organización Mundial de la Salud lo reconoció como un fenómeno ocupacional, resultado del estrés laboral crónico que no se ha manejado con éxito. Sus síntomas son claros: agotamiento extremo, desapego emocional y sensación de ineficacia. También es conocido como síndrome de desgaste profesional.


Así se define el burnout en países en desarrollo, pero en Cuba el burnout es feroz, pues no hay escape en lo cotidiano. La doctora, como el resto de los profesionales, trabaja con un sinnúmero de exigencias. El burocratismo y la mediocridad propios del sistema los ancla en un abismo de deberes sin sentido y exceso de control. Pero cuando a eso se le suma inseguridad, inflación, insalubridad y la certeza de no progresar a pesar del esfuerzo, el burnout se agrava ocasionando depresión, irritabilidad y desgano constante.


Por eso muchos profesionales migran al sector privado, para ver el fruto del esfuerzo y liberarse de informes y controles. Pero esto tampoco es garantía de tranquilidad, como afirmó el chofer, que resultó ser ingeniero, y que para hacer dinero se echa el día tirando pasaje entre municipios, aunque la próstata ya le está dando bateo.


Campesinos, trabajadores por cuenta propia o mipymeros no están exentos de estrés. Guajiros, como el primo de mi marido, no duermen velando su campo de malangas para que no se las roben, el dueño de la paladar de la esquina de mi casa se parte la cabeza para ver de dónde saca la materia prima, el de la mipyme suda frío cada vez que bajan una normativa que nadie entiende, mientras el estado intenta cada día deshacerse de sus responsabilidades y enganchárselas al nuevo sector.


En el triciclo llegamos a la conclusión de que Cuba es un país con burnout, frito, cansado, sin fuerzas, sin ánimo, cuyo pueblo se ha tornado pesimista, pues ha sido terriblemente dañado, y se encuentra acorralado... y a pesar de ello, conserva la esperanza de un cambio para bien.


📷 Eloísa García

 
 
 

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