NEURÓTICA ANÓNIMA, O EL AMOR AL CINE COMO ÚLTIMO ACTO DE FE
- hace 5 días
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✍️ Alejandra García
Hay cine dentro del cine y hay filmes que hablan de cine como ejercicio de supervivencia. Neurótica anónima, de Jorge Perugorría y Mirta Ibarra, pertenece a la segunda categoría.
La película la vi proyectada al aire libre, frente al viejo cine Jibá, en Gibara, durante un festival celebrado en medio de una Cuba en la que la pregunta cotidiana era cuántas horas de electricidad tendría cada familia. No hacía falta ningún esfuerzo de interpretación: la cinta y el lugar donde se proyectaba estaban contando, sin proponérselo, la misma historia.
Iluminada llegó adolescente a La Habana con el sueño de ser actriz. No lo consiguió. Terminó como acomodadora en un cine de barrio y construyó su vida alrededor de las películas que otros ven pasar cada noche. Cuando esa sala amenaza con cerrar, la historia deja de ser solo una nostalgia por el pasado y se convierte en una historia de supervivencia.
Mirta Ibarra, coguionista junto a Perugorría a partir de su propia obra teatral, interpreta a una mujer compleja: contradictoria, vulnerable, neurótica —como anuncia el título—, pero nunca reducida a víctima. La cinta no oculta el peso de un matrimonio atravesado por el alcoholismo y el maltrato, pero tampoco convierte a Iluminada en un símbolo vacío. Su lucha por salvar el cine termina siendo también la de salvarse a sí misma.
Ese es uno de los mayores aciertos del filme: la sala de cine como un lugar de memoria, comunidad y refugio.
La cinefilia es el corazón de la película. Las referencias a clásicos cubanos e internacionales funcionan como un diálogo con una tradición que Perugorría e Ibarra miran con cariño y cierta melancolía. Hay ecos de Cinema Paradiso, pero también de una historia del cine cubano que parece estar desapareciendo junto con sus espacios físicos.
Lo más interesante es que la película no se limita a un homenaje. Bajo la nostalgia aparece un diagnóstico social: una sociedad agotada por la frustración, la soledad y el deterioro. El cine y el hospital aparecen como dos caras de una misma realidad: edificios que intentan sostenerse mientras todo a su alrededor se desgasta.
Visualmente, la cinta encuentra belleza en esa decadencia. La fotografía de Ernesto Granado y la dirección de arte convierten las salas antiguas, las butacas gastadas y el deterioro de La Habana en parte del relato.
Tiene sus debilidades: por momentos, la nostalgia pesa más que la estructura dramática y algunos conflictos se resuelven con demasiada rapidez. Incluso con esas reservas, Neurótica anónima consigue algo difícil: defender la necesidad colectiva de cine y dejar claro que no es un lujo.
Vista en Gibara, con un país entero esperando que regresara la electricidad, la historia de Iluminada adquirió otro significado. Porque mientras exista alguien dispuesto a mantener una pantalla encendida, el cine seguirá siendo una forma de resistencia.
📷 Fotograma del filme Neurótica Anónima | Web | Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG)




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